As táticas dos comunistas explicadas didaticamente por Umberto Eco: “Por qué en Berlusconi se esconde un comunista”

Análise brilhante de  UMBERTO ECO

Publicada em 2001 pelo jornal italiano Repubblica.

Abaixo a reprodução do jornal de Madrid, EL PAIS.

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“”Por qué en Berlusconi se esconde un comunista”‘

UMBERTO ECO
El País, Viernes, 4 de mayo de 2001

La forma en que el Polo ha planteado su campaña electoral es sin duda eficaz, de modo que muchos se preguntan cuál es no digamos su secreto, sino su clave y su modelo.

Lo primero que se nos ocurre es que el Polo, y sobre todo Silvio Berlusconi (la única cara de la campaña), siguen el modelo publicitario.

Del modelo publicitario han reproducido el proponer una y otra vez el mismo símbolo y unos pocos eslóganes fáciles de recordar, así como una acertada elección cromática, desde luego vencedora, puesto que es semejante a la de Windows.

La elementalidad de los eslóganes es la misma que la de los productos de gran consumo, y tiene en común con las campañas comerciales el principio de que no hay que preocuparse de que el eslogan se considere verdadero.

Ningún comprador cree en serio que Scavolini sea la cocina de todos los italianos (las estadísticas lo desmentirían) o que tal detergente lave más blanco que los otros (el ama o amo de casa saben que, a partir de cierto precio, los detergentes de marca lavan más o menos igual): y, sin embargo, cuando los compradores tienen que comprar algo, son más sensibles a los productos cuyos eslóganes han memorizado.

En este sentido es completamente inútil (o a lo sumo divertido) que satíricos o políticos ironicen sobre el presidente obrero o sobre las pensiones más dignas para todos: el eslogan no pretende ser creído, sino sólo recordado.

Sin embargo, el modelo publicitario funciona con los carteles u otros tipos de anuncio promocional, pero no, por ejemplo, con las acciones de lucha parlamentaria o en los medios de comunicación, que se llevan a cabo a medida que se acercan las elecciones.

Es más, alguien ya ha observado una aparente contradicción entre la amabilidad de la propaganda y la agresividad de la acción política, tanto como para vislumbrar un error de táctica.

Y aquí se ha abierto paso la interpretación de Montanelli: al no saber controlar algunas herencias genéticas de sus componentes y algunas tendencias psicológicas profundas de su líder, el Polo manifiesta sus propias tendencias autoritarias y una nostalgia latente (aunque aún simbólica) por la porra.

Pero también esta lectura me parece parcial.

Explica algunas intemperancias, amenazas y promesas de la alianza, pero no todos sus comportamientos, que creo que siguen, en cambio, de forma muy coherente, otro modelo.

Este modelo no es fascista o consumista, sino comunista de la vieja guardia y, en algunos aspectos, del 68.

Intentemos (los que tengan edad para hacerlo) recordar cuáles eran las tácticas y las estrategias propagandísticas del comunismo de (Palmiro) Togliatti.

Por muy compleja que fuera la elaboración cultural interna del grupo dirigente, el partido se mostró en el exterior a través de eslóganes eficaces y comprensibles, repetidos en toda ocasión.

Ante todo, el ataque al imperialismo capitalista como causa de la pobreza en el mundo, a la Alianza Atlántica como su brazo armamentista, al Gobierno como siervo de los estadounidenses y a la policía como brazo armado del Gobierno.

Aunque no en el ámbito institucional, se produjo, sin embargo, la deslegitimación de una magistratura que condenó a los huelguistas inquietos pero no a sus torturadores, o por lo menos se subrayó una neta distinción entre una magistratura buena, generalmente jueces de asalto, que se ocupaban de los derechos de las masas, y una magistratura mala, que no condenaba los delitos de la clase dirigente pero era severa con la protesta obrera.

Basta con reemplazar a Estados Unidos por el Comunismo y sus siervos tontos (que pueden ir hasta el católico Scalfaro o el conservador Montanelli) y tener presente la división entre las togas rojas, que investigan los asuntos de Berlusconi, y las togas buenas (a las que se apela cada vez que hay que demostrar que la acusación era infundada) y se observará que el esquema es el mismo.

En segundo lugar, recordemos el uso de eslóganes que atraen de inmediato (mucho más simplistas que el proyecto político que querían anunciar): pensemos en las intervenciones a lo Pajetta en las tribunas políticas donde, a pesar de la sutileza dialéctica del orador, la idea central era: ‘Hay que cambiar las cosas’.

En tercer lugar, la indudable capacidad de monopolizar valores comunes y hacer que se conviertan en valores de una parte: pensemos en la sólida campaña por la paz, en el uso de términos como ‘democrático’ (que al final acababa por connotar sólo a los regímenes del Este europeo).

Igual que hoy quien grita ‘Forza Italia’ en un estadio o habla de valores liberales y de libertad se convierte inmediatamente en partidario del Polo, entonces quien hubiese querido hablar de paz y pacifismo habría sido enrolado automáticamente entre los compañeros de viaje del PC, por lo menos hasta que Juan XXIII con la Pacem in Terris (Paz en la Tierra) retomó el ideal de la paz como valor no comunista.

Otro elemento de la propaganda y de la política del comunismo de la vieja guardia (tanto en el Parlamento como en las plazas) era, por un lado, la extrema agresividad, incluso verbal, de forma que cualquier actitud enemiga se denunciaba como antipopular, y al mismo tiempo la denuncia constante de la agresividad de los demás y la persecución de los partidos populares.

Esta actitud pasó después, de forma mucho más cruenta, de los movimientos insurrectos suramericanos (por ejemplo, los Tupamaros) a los terroristas europeos que perseguían el proyecto (que se reveló utópico) de poner en marcha provocaciones insostenibles para cualquier Gobierno, con el fin de desencadenar como respuesta una represión de Estado que después a las masas les parecería insostenible.

Pero, sin recurrir a los movimientos violentos, la agresividad al denunciar el complot de los medios de comunicación se ha convertido en el arma ganadora de los radicales, que han construido su vasta visibilidad mediática sobre acciones de protesta por el silencio que los medios de comunicación habrían tenido respecto a ellos.

En efecto, es típico del berlusconismo disponer de un enorme aparato mediático y usarlo para quejarse de la persecución por parte de los medios de comunicación.

Otros elementos de la propaganda del comunismo de la vieja guardia eran la apelación al sentimiento popular (hoy ‘la gente’), el uso de manifestaciones sólidas con ondear de banderas y cantos, la fidelidad al color (reclamo de fondo -entonces rojo, hoy azul-) y, por fin, (si damos crédito a los análisis de la derecha) la ocupación más o menos rastrera de los lugares de producción cultural (entonces principalmente casas editoriales y semanarios).

Podríamos incluso citar el intento de la Universale del Canguro [colección de una editorial próxima al PCI en los años cincuenta] de adscribir a los grandes del pasado entre los autores progresistas, de Diderot a Voltaire, de Giordano Bruno a las utopías de Bacon, de Erasmo a Campanella. Y cito estos nombres porque son los que Publitalia [agencia de las cadenas televisivas de Barlusconi], aun en ediciones refinadas y no populares, está recuperando.

Habría que hacer un discurso más complejo y sutil a propósito de la ‘doblez de Togliatti’, pero dejo al lector el descubrimiento de interesantes analogías.

Mientras le hablaba a alguien de estas semejanzas, me hicieron observar que, sin embargo, a pesar de su agresividad hacia el Gobierno, el PC de la época clásica intentó apoyar muchas de las leyes que el Gobierno proponía (desde el artículo 7 de la Constitución hasta muchas reformas), mientras que parece típico del Polo oponerse, incluso mediante un desdeñoso abstencionismo, a reformas gubernativas que también éste habría podido apoyar en parte.

Desde luego, Togliatti, una vez aceptada la idea de que después de Yalta no se podía, o quizá no se debía, pensar en una solución revolucionaria, aceptó consecuentemente la idea de una larga marcha a través de las instituciones (cuyo capítulo final sería, mucho después de su muerte, el asociacionismo).

En este sentido, la política del Polo no parece típica del comunismo de la vieja guardia. Pero he aquí que, en el modelo propagandista y en las estrategias y las tácticas de lucha política del Polo, se ramifica el modelo de los grupos extraparlamentarios del 68.

Es posible encontrar en el Polo muchos de los elementos del modelo del 68. Ante todo la identificación de un enemigo mucho más sutil e invisible que Estados Unidos, como las multinacionales o la Trilateral, denunciando su permanente complot.

En segundo lugar, el no conceder nunca nada al adversario, satanizarlo siempre, fueran cuales fuesen sus propuestas, y, por lo tanto, rechazar el diálogo y la confrontación (rechazando cualquier entrevista de periodistas constitutivamente siervos del poder). De aquí la elección del extraparlamentarismo.

Este rechazo a cualquier compromiso estaba motivado por la convicción, reiterada a cada momento, de que la victoria revolucionaria era inminente. Y, por lo tanto, se trataba de debilitar a una burguesía acomplejada, anunciándole a cada paso una victoria indiscutible tras la cual no se harían prisioneros y se tendrían en cuenta las listas de proscritos que aparecían en los carteles.

Con la técnica del luchador de catch que aterroriza al contendiente con gritos feroces, se intimidaba al adversario con eslóganes como ‘Fascistas, burgueses, sólo pocos meses’ y ‘Ce n’est qu’un debut’ (‘No es más que el principio’), o se los deslegitimaba al grito de ‘¡Memo, memo!’ (la arteriosclerosis de Montanelli). La marcha hacia la conquista del poder se sostenía a través de la imagen triunfal de un rostro carismático, fuese el del Che o el de la tríada Lenin-Stalin-Mao Zedong; a ningún líder menor se le concedía el honor del retrato.

Todo esto podrían parecer sólo analogías, debidas al hecho de que todos los comportamientos propagandistas son parecidos, pero es bueno recordar cuántos tránsfugas, tanto del comunismo de la vieja guardia como del 68, han confluido en las filas del Polo.

Por lo que no es descabellado pensar que Berlusconi ha prestado atención a estos consejeros, más que a los expertos en publicidad y los sondeos de primera hora.

Además, escuchar a expertos en la relación con las masas parece especialmente inteligente desde el momento en que, en la geografía política actual, el verdadero partido de masas es el Polo, que ha sabido individualizar, en la ruina sociológica de las masas ideadas por el marxismo clásico, a las nuevas masas, que ya no se caracterizan por el censo, sino por una genérica pertenencia común al universo de los valores mediáticos, y, por lo tanto, ya no son sensibles al argumento ideológico, sino al reclamo populista.

El Polo se dirige, a través de la Liga, a la pequeña burguesía poujadista del norte; a través de Alianza Nacional a las masas marginadas del sur que desde hace cincuenta años votaban a los comunistas y neofascistas;

y, a través de Forza Italia, a la misma clase trabajadora de entonces, que en gran parte asciende al nivel de la pequeña burguesía y que tiene sus mismos temores -ante la amenaza que viene de los nuevos lumpen– por sus propios privilegios; y adelanta las peticiones a las que puede responder un partido que haga suyas las consignas de cualquier movimiento populista: la lucha contra la criminalidad, la disminución de la presión fiscal, la defensa ante el poder estatal y la capital, fuente de todo mal y corrupción, la severidad y el desprecio frente a cualquier comportamiento desviado.

No olvidemos que algunos de los argumentos con los que las personas también de condición humilde manifiestan su atracción por Berlusconi son de molde populista.

Los argumentos son que, siendo él rico, no tendrá que robar (argumento que se basa en la identificación inconsciente entre político y ladrón), el conflicto de intereses (a mí, qué más me da que cuide de sus intereses, lo importante es que se ocupe también de los míos, que son distintos a los suyos) y la persuasión mítica de que un hombre que ha sabido hacerse inmensamente rico también puede distribuir bienestar al pueblo que gobierna (sin tener en cuenta que esto no ha ocurrido nunca ni con Bokassa ni con Milosevic).

Hay que destacar que este convencimiento es típico del teledependiente (quien se acerca a la retransmisión millonaria tiene muchas posibilidades de hacerse millonario), pero es una actitud que tiene sus raíces en creencias primitivas y quizá arquetípicas.

Pensemos en el culto del cargamento, fenómeno religioso que se ha manifestado entre las poblaciones de Oceanía desde el inicio del colonialismo hasta por lo menos el final de la II Guerra Mundial: como los blancos llegaban a sus costas, por barco o por avión, descargando comida y otras mercancías (que obviamente servían al invasor), nacía la espera mesiánica de un barco antes y de un avión de carga después que habrían llegado a llevar esos mismos bienes también a los nativos.

Cuando se individualizan en el propio electorado estos impulsos profundos, se es un partido de masas, y se adoptan las consignas y técnicas de cualquier partido de masas clásico.

Y quizá uno de los pecados originales de la izquierda, hoy, es el de no saber aceptar del todo la idea de que el verdadero electorado de un partido que se considera reformista ya no está hecho de masas populares, sino de clases emergentes y de profesionales del sector terciario (que no son pocos, siempre que se sepa que es a ellos y no a la mítica clase obrera a quienes hay que dirigirse).

Por lo tanto, uno de los descubrimientos de esta campaña electoral podría ser que el político más ‘comunista’ de todos es probablemente Berlusconi.

En realidad, las tácticas del antiguo comunismo y del 68 serán las mismas, pero se ponen al servicio de un programa que puede irles bien a muchos estratos de la Confindustria, a los que en otros tiempos les fue bien el programa corporativista.

En cualquier caso, adelante, pueblo.

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http://www.repubblica.it/online/politica/eco/eco/eco.html

LE IDEEPerché in Berlusconi
si nasconde un comunista
di UMBERTO ECO

IL MODO in cui il Polo ha impostato la sua campagna elettorale è senza dubbio efficace, così che molti si chiedono quale sia non diciamo il suo segreto ma la sua chiave e il suo modello. La prima cosa che viene in mente è che il Polo, e segnatamente Berlusconi (unico volto della campagna) seguono il modello pubblicitario. Del modello pubblicitario hanno individuato la riproposta continua dello stesso simbolo e di pochi slogan memorizzabili, nonché un’accorta scelta cromatica, certamente vincente perché molto affine a quella di Windows.

L’elementarità degli slogan è la stessa di quella dei prodotti di grande consumo e ha in comune con le campagne commerciali il principio per cui lo slogan non deve preoccuparsi di essere giudicato vero. Nessun acquirente crede realmente che Scavolini sia la cucina di tutti gli italiani (le statistiche lo smentirebbero) o che il detersivo tale lavi più bianco degli altri (la casalinga o il casalingo sanno che, oltre un certo prezzo, i detersivi di marca lavano più o meno nello stesso modo): e tuttavia gli acquirenti quando debbono fare un acquisto sono più sensibili ai prodotti di cui hanno memorizzato lo slogan.

In tal senso è del tutto inutile (o al massimo divertente) che satirici o politici ironizzino sul presidente operaio o sulle pensioni più dignitose per tutti: lo slogan non pretende di essere creduto ma solo di essere ricordato. Tuttavia il modello pubblicitario funziona per i manifesti o altri tipi di annuncio pubblicitario ma non, per esempio, per le azioni di battaglia parlamentare o a mezzo media, condotte a mano a mano che si avvicina la scadenza elettorale.

Anzi, qualcuno ha già notato un’apparente contraddizione tra l’amichevolezza della propaganda e l’aggressività dell’azione politica, tanto da intravedervi un errore di tattica. Ed ecco che si è fatta strada l’interpretazione Montanelli: non sapendo controllare alcune eredità genetiche delle sue componenti e alcune tendenze psicologiche profonde del suo leader, il Polo manifesterebbe le proprie tendenze autoritarie e una nostalgia latente (ancorché ancora simbolica) per il santo manganello.

Ma anche questa lettura mi sembra parziale. Essa spiega alcune intemperanze, minacce e promesse, ma non tutti i comportamenti dell’alleanza, che mi paiono invece seguire, in modo coerentissimo, un altro modello. Questo modello è non fascista o consumistico, bensì veterocomunista e, per certi aspetti, sessantottardo.

Cerchiamo (chi ha l’età per poterlo fare) di ricordare quali erano le tattiche e le strategie propagandistiche del comunismo togliattiano. Per quanto complessa potesse essere l’elaborazione culturale interna al gruppo dirigente, il partito si mostrava all’esterno mediante slogan efficaci e comprensibili, ripetuti in ogni occasione.

Anzitutto l’attacco all’imperialismo capitalista come causa della povertà nel mondo, al Patto Atlantico come suo braccio guerrafondaio, al governo come servo degli americani, e alla polizia come braccio armato del governo. Se non a livello istituzionale, avveniva peraltro la delegittimazione di una magistratura che condannava gli scioperanti in agitazione ma non i loro aguzzini, o per lo meno si sottolineava una netta distinzione tra una magistratura buona, in genere pretori d’assalto, che si occupavano dei diritti delle masse e una magistratura cattiva che non condannava gli illeciti della classe dirigente ma era severa con la protesta operaia.

Basta sostituire all’America il Comunismo e i suoi servi sciocchi (che possono andare sino al cattolico Scalfaro o al conservatore Montanelli), e tenere presente la divisione tra toghe rosse, che investigano sugli affari di Berlusconi, e toghe “buone” (chiamate in causa ogni volta che si deve dimostrare che l’accusa era infondata) e lo schema appare lo stesso.

In secondo luogo ricordiamo l’uso di slogan di presa immediata (ben più semplicistici del progetto politico che volevano propagandare): si pensi agli interventi alla Pajetta nelle Tribune Politiche dove, malgrado la sottigliezza dialettica dell’oratore, l’idea centrale era “bisogna cambiare le cose”.

In terzo luogo la capacità indubbia di monopolizzare valori comuni e farli diventare valori di parte: si pensi alla massiccia campagna per la pace, all’uso di termini come “democratico” (che alla fine veniva a connotare solo i regimi dell’est europeo), alla cattura quarantottesca dell’immagine di Garibaldi. Così come oggi chi grida “forza Italia” in un campo sportivo, o parla di valori liberali e di libertà diventa immediatamente propagandista del Polo, allora chi avesse voluto parlare di pace e pacifismo veniva automaticamente arruolato tra i compagni di strada del PC – almeno sino a che Giovanni XXIII con la Pacem in Terris non si è ripreso l’ideale della pace come valore non comunista.

Altro elemento della propaganda e della politica veterocomunista (sia in parlamento che nelle piazze) era da un lato l’estrema aggressività, anche verbale, in modo da denunciare ogni atteggiamento avversario come anti-popolare, e al tempo stesso la denuncia costante dell’aggressività altrui e della persecuzione nei confronti dei partiti popolari. Questo atteggiamento è passato poi, in modo ben più cruento, dai movimenti insurrezionali sudamericani (per esempio i Tupamaros) ai terroristi europei, che seguivano il progetto (rivelatosi utopico) di mettere in atto provocazioni insostenibili per ogni governo affinché si scatenasse come risposta una repressione di Stato che poi sarebbe stata sentita come insostenibile dalle masse.

Ma, senza andare a scomodare i movimenti violenti, l’aggressività nel denunciare il complotto dei media è diventata l’arma vincente dei radicali, che hanno costruito la loro vasta visibilità mediatica su azioni di protesta per il silenzio che i media avrebbero praticato nei loro confronti. Tipico del berlusconismo è infatti di disporre di un formidabile apparato massmediatico e di usarlo per lamentare la persecuzione da parte dei media.

Altri elementi della propaganda veterocomunista erano il richiamo al sentimento popolare (oggi “la gente”), l’uso di manifestazioni massicce con sventolio di bandiere e canti, la fedeltà al colore-richiamo di fondo (allora rosso, oggi blu) – e infine (se dobbiamo dare ascolto alle analisi della destra) l’occupazione più o meno strisciante dei luoghi di produzione culturale (allora massimamente le case editrici e i settimanali).

Potremmo persino citare il tentativo compiuto dall’Universale del Canguro di ascrivere i grandi del passato tra gli autori progressisti, da Diderot a Voltaire, da Giordano Bruno alle utopie di Bacone, da Erasmo a Campanella. E cito questi nomi perché sono quelli che, sia pure in edizioni raffinate e non popolari, Publitalia sta riesumando. Un discorso più complesso e sottile andrebbe fatto a proposito della “doppiezza togliattiana”, ma lascio al lettore la scoperta di interessanti analogie.

Mentre parlavo a qualcuno di queste somiglianze, mi è stato fatto notare che tuttavia, pur nella sua aggressività verso il governo, il Pc dei tempi classici aveva cercato di sostenere molte delle leggi che esso proponeva (dall’articolo 7 della Costituzione a molte riforme), mentre pare tipico del Polo opporsi, magari mediante uno sdegnoso astensionismo, a riforme governative che pure esso potrebbe in parte sostenere.

Certamente Togliatti, una volta accettata l’idea che dopo Yalta non si poteva, e forse non si doveva, pensare a una soluzione rivoluzionaria, aveva conseguentemente accettato l’idea di una lunga marcia attraverso le istituzioni (il cui capitolo finale sarebbe stato, molto dopo la sua morte, il consociativismo). In tal senso la politica del Polo non sembra veterocomunista. Ma ecco che qui si innerva, nel modello propagandistico e nelle strategie e tattiche di lotta politica del Polo, il modello dei gruppi extraparlamentari del Sessantotto.

Del modello sessantottesco si ritrovano nel Polo molti elementi. Anzitutto, l’identificazione di un nemico molto più sottile e invisibile degli Stati Uniti, come le multinazionali o la Trilaterale, denunciandone il complotto permanente. In secondo luogo il non concedere mai nulla all’avversario, demonizzarlo sempre, qualsiasi fossero le sue proposte, e quindi rifiutare il dialogo e il confronto (rifiutando ogni intervista di giornalisti costitutivamente servi del potere). Di qui la scelta di un Aventino permanente e dell’extraparlamentarismo. Questo rifiutarsi a qualsiasi compromesso era motivato dalla convinzione, reiterata a ogni momento, che la vittoria rivoluzionaria era imminente. E dunque si trattava di fiaccare i nervi a una borghesia complessata, annunciandole a ogni passo una vittoria indiscutibile dopo la quale non si sarebbero fatti prigionieri e si sarebbe tenuto conto delle liste di proscrizione che apparivano nei tazebao. Con la tecnica del lottatore di catch che terrorizza il contendente con urla feroci, s’intimidiva l’avversario con slogan quali “fascisti, borghesi, ancora pochi mesi” e “ce n’est qu’un debut”, o lo si deligittimava al grido di “scemo, scemo!” (l’arteriosclerosi di Montanelli).

La marcia verso la conquista del potere veniva sostenuta attraverso l’immagine trionfale di un volto carismatico, fosse esso quello del Che o della triade Lenin, Stalin, Mao Tze Tung – e a nessun leader minore veniva concesso l’onore del ritratto. Tutte queste potrebbero sembrare soltanto analogie, dovute al fatto che i comportamenti propagandistici si assomigliano tutti un poco, ma giova ricordare quanti transfughi e del vetero comunismo e del Sessantotto siano confluiti nelle file del Polo.

Per cui non è irragionevole pensare che Berlusconi, più che ai pubblicitari e ai sondaggisti della prima ora, abbia prestato orecchio a questi consiglieri. Inoltre, prestare orecchio a esperti di un rapporto con le masse, appare particolarmente intelligente dal momento che, nella geografia politica attuale, il vero partito di massa è il Polo, che ha saputo individuare, nel disfacimento sociologico delle masse pensate dal marxismo classico, le nuove masse, che non sono più caratterizzate dal censo bensì da una generica appartenenza comune all’universo dei valori massmediatici, e quindi non sono più sensibili all’argomento ideologico bensì al richiamo populista.

Il Polo si rivolge, attraverso la Lega, alla piccola borghesia poujadista del nord, attraverso An alle masse emarginate del sud che da cinquant’anni votavano per monarchici e neofascisti, e attraverso Forza Italia alla stessa classe lavoratrice di un tempo, che in gran parte ascende al livello della piccola borghesia, e di questa ha i timori per la minaccia che viene dai nuovi lumpen per i propri privilegi, e avanza le richieste a cui può rispondere un partito che faccia proprie le parole d’ordine di ogni movimento populista, la lotta contro la criminalità, la diminuzione della pressione fiscale, la difesa dal prepotere statale e dalla capitale fonte di ogni male e corruzione, la severità e il disprezzo nei confronti di ogni comportamento deviante.

Non si trascuri che di matrice populista sono alcuni degli argomenti con cui persone anche di umile condizione manifestano la loro attrazione per Berlusconi. Gli argomenti sono che essendo egli ricco non dovrà rubare (argomento che si basa sull’identificazione qualunquistica tra politico e ladro), l’indifferenza al conflitto di interessi (che cosa importa a me se fa i suoi interessi, l’importante è che si occupi anche dei miei, che sono diversi dai suoi) e la persuasione mitica che un uomo che ha saputo diventare enormemente ricco possa distribuire benessere anche al popolo che governa (senza considerare che questo non è mai accaduto né con Bokassa né con Milosevic).

Si noti che non solo questa è persuasione tipica del teledipendente (chi si avvicina alla trasmissione miliardaria ha buone possibilità di diventare miliardario) ma è atteggiamento che affonda le proprie radici in credenze primitive e forse archetipe. Si pensi al “culto del cargo”, fenomeno religioso che si è manifestato tra le popolazioni dell’Oceania tra l’inizio del colonialismo sino almeno alla fine della seconda guerra mondiale: siccome i bianchi arrivavano sulle loro coste, per nave o per aereo, scaricando cibo e altre merci mirabolanti (che ovviamente servivano all’invasore), nasceva l’attesa messianica di una nave, prima, e di un cargo aereo poi, che sarebbe arrivato a portare gli stessi beni anche ai nativi.

Quando si individuano nel proprio elettorato queste pulsioni profonde si è partito di massa, e di ogni classico partito di massa si adottano parole d’ordine e tecniche d’assalto. E forse uno dei peccati originali della sinistra, oggi, è nel non sapere accettare in pieno l’idea che il vero elettorato di un partito che si vuole riformista non è più fatto di masse popolari bensì di ceti emergenti, e di professionisti del terziario (che non sono pochi, purché si sappia che è a essi e non alla mitica classe operaia che occorre rivolgersi).

Pertanto una delle scoperte di questa campagna elettorale potrebbe essere che il politico più “comunista” di tutti è probabilmente Berlusconi. In realtà le tattiche veterocomuniste e sessantottesche saranno le stesse, ma vengono messe al servizio di un programma che può andare bene anche a molti strati della Confindustria, ai quali in altri tempi è andato bene il programma corporativista. In ogni caso, avanti o popolo.

(3 aprile 2001)

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